Almagro, septiembre de 2023.
No soy persona que idealice el pasado, ni siquiera el mío. Lo recuerdo bien y tenía poco de bucólico. Se idealiza porque la memoria condensa en un único momento episodios entre los que median años o hasta décadas. No hay etapas, no hay periodos: el pasado es todo lo que ocurrió. Lo mismo hace la ignorancia, que oye nombrar un suceso del siglo XIII y de inmediato lo agrupa con Noé para despacharlo bajo una sola etiqueta: «pasado». Escribo estas reflexiones porque me batiría con quienes no crean que los aniversarios de la batalla de Las Navas de Tolosa deberían ser fiesta nacional. Continental incluso. Pero en este bendito país de acomplejados vocacionales, cualquier grandeza del pasado es desconocida o debería serlo por vieja y ofensiva. Al fin y al cabo, sólo es pasado. Como la semana anterior a la actual.
La importancia de un hecho se mide por la trascendencia de sus consecuencias, y las de esta batalla fueron determinantes en el devenir no ya de los reinos peninsulares, sino de la propia cristiandad. Frenó las ambiciones expansionistas del islam en Occidente y, si bien no recuperó territorios, haría viable su conquista posterior. Conviene entender su contexto. Corría el año 1212, y los reinos cristianos llevaban dos décadas encadenando descalabros frente a la morisma. Los cruzados habían perdido Jerusalén y casi todos sus dominios en Tierra Santa. La Tercera Cruzada había sido un fiasco. Alfonso VIII de Castilla —principal vencedor de Las Navas— había sucumbido con estrépito en Alarcos, y León y Portugal también habían retrocedido en beneficio de un Imperio Almohade que amenazaba con presentarse en Roma. En 1211, la caída del emblemático castillo de Salvatierra —último bastión cristiano en zona infiel— había causado tanto desconsuelo como alarma.
Algunos historiadores defienden que sin Salvatierra no habría existido la Cruzada de 1212. También yo lo creo: fue el catalizador político y psicológico necesario para que Jiménez de Rada, arzobispo de Toledo, consiguiera de Inocencio III, hasta entonces reacio, la imprescindible bula de Cruzada. No suele abordarse el pulso negociador que sostuvieron Inocencio III y Jiménez de Rada, ambos alejados de esa curia medieval tallada por la novelería: una recua de sonrosados que engordan la panza entre el boato y la indolencia. Y lejos también de ese sotanudo fanático con el que la superchería del cine suele caracterizar a los clérigos de la Edad Media. Tanto Inocencio III como Jiménez de Rada se formaron en Bolonia. El papa, pragmático y desconfiado, consideraba que los reyes eran vasallos de Roma. El arzobispo, persistente y maquiavélico tres siglos antes de que Maquiavelo naciera, entendía que su única patria era Castilla. Le costó, pero ganó el pulso.
Al calor de la bula papal, Alfonso VIII pudo por fin organizar el desquite de su debacle en Alarcos. Desde el principio contó con el apoyo de Pedro II de Aragón, tan interesado como el rey castellano en el enfrentamiento con los almohades. Pero esta expedición no pretendía conquistar plazas ni asegurar fronteras: buscaba destruir al enemigo en campo abierto, algo insólito en la época. Pese a los forjadores de mitos, las batallas campales eran infrecuentes en la Edad Media. Tan es así que los tratadistas militares aconsejaban evitarlas a toda costa. Al contingente reunido en Toledo se sumaron las Órdenes Militares, un buen número de ultramontanos y voluntarios procedentes de Portugal y León, cuyos reyes no acudieron. Tal vez por estar guerreando entre sí. Sancho VII de Navarra se incorporó, al parecer a regañadientes, cuando la expedición ya estaba en camino. Cerca anduvo de perderse el mayor acontecimiento de su biografía.
Los cruzados llegaron a las cimas de Sierra Morena sin más inconvenientes que cierta escasez de víveres y la deserción —por motivos nada claros— de los ultramontanos en Calatrava. Tomaron el castillo de Ferral, pero pronto descubrieron que bajar por el estrecho desfiladero de la Losa sería un suicidio: la morisma aguardaba allí emboscada. Aunque controlaban las alturas, los cristianos estaban inmovilizados en terreno hostil y falto de agua. La retirada táctica también sería un suicidio, pues el desánimo se apropiaría de la tropa y los almohades tendrían vía libre para atacar por retaguardia. Entonces sucede lo providencial. Un «rústico», en palabras de Jiménez de Rada, se presenta ante Alfonso VIII para informar sobre un camino alternativo de descenso. Escribió un cronista que la visión de los cruzados en la Mesa del Rey causó en el califa estupor y temor a partes iguales. Las noticias de la aplastante victoria cristiana llegarían hasta los confines de Europa.
Defiendo que la historia debe revisarse si existen nuevos descubrimientos o mejores interpretaciones. Dicho eso, las interpretaciones no gozan de la misma certeza que los hechos, por muy solvente que sea quien las formule. Cuando se confunde hipótesis con dato cierto, se deforma el pasado. Para los censores posmodernos la revisión histórica no persigue otro fin que acomodar los hechos a sus obsesiones ideológicas. Y cuando no es posible, rebajan su importancia con argumentos endebles o incluso peregrinos, como ocurre con esta batalla. Un día se hartarán de vivir cosas que no han sucedido.