Espinosa de los Monteros, noviembre de 2014.
Las Merindades caminan solas, al cuidado de nadie, luchando por mantenerse en existencia. Pueblos antes ricos y hoy modestos, donde el tiempo transcurre despacio o ni siquiera transcurre. Tierras arrinconadas en la proximidad del Ebro que vieron nacer a una Castilla verde y montañosa alejada del socorrido tópico mesetario, y que un siglo después, cuando el horizonte de los buenos se ensanchó hacia el sur en detrimento del moro, recibieron por nombre Castella Vetula. Un término incoherente si dirigimos la mirada hacia el retrato de las cosas pasadas, porque Castilla Vieja es en realidad la Castilla de su primera juventud. Pero tampoco voy a ponerme a repartir bofetones por estas minucias. O sí, qué coño: las Merindades fueron olvidadas por todos y merecen una reparación.
Una vez dijo Azorín que fue la literatura quien hizo a Castilla. Relaje ese ego, joven: lo que hizo la literatura fue inventar una Castilla sin otro paisaje que meseta, polvo y campo de cereal. Además, distorsionó las fronteras de Castella Vetula con sus licencias estéticas para extenderla casi hasta Filipinas. Los escritores trotamundos, tan amigos de la Tierra de Campos y la Extremadura castellana, frecuentaron esta comarca poco o nada y siempre de pasada, como si una distancia inconmensurable la separase de la civilización y descubrirla exigiera el coraje de un explorador africano. Las Merindades fueron apartadas de las principales vías de tráfico, lo que condenó a sus pueblos a languidecer y a sus habitantes a emigrar hacia pastos más favorecidos. Pero ni las cambiaron de sitio ni las mandaron a otro planeta: están donde siempre estuvieron. ¿Qué lógica tiene viajar por Castilla con la boca llena de «castellavetulas» y excluir a Castella Vetula del itinerario?
Unamuno fue el más asiduo por razón de cercanía. Coronó el Castro Valnera y otras cimas en su etapa montaraz, y dejó líneas sobre el valle de Mena y Espinosa de los Monteros. También Baroja anduvo por aquí, acelerado y mostrando su habitual desprecio por el prójimo, para redactar un panegírico seudohistórico. Ridruejo recorrió la comarca con el fin de elaborar su interesante Guía de Castilla la Vieja, y Carnicer —un tristón que parece hijo de don Suplicio y doña Angustias— escribió Gracias y desgracias de Castilla la Vieja, libro apto para velatorios. Sin duda habrá otros textos que ignoro o se me escapan, pero en cualquier caso es corto equipaje para semejante entorno, por lo demás tan favorable para la creación literaria. A «Castilla la ha hecho la literatura»... Si no temiera que me tacharan de intolerante, diría que lugares que no calzan ni media hostia han recibido de la literatura mucho mayor aprecio y una atención más cariñosa.
¿Y los castillos? Parafraseando a Manrique, ¿qué se hizo el sinnúmero de castillos que avalaba ese «Castella» y el «al-Qila» (Los Castillos) que los árabes empleaban en sus crónicas? ¿Dónde iremos a buscarlos? Pues… a ninguna parte. Los eruditos tienen repetido que la denominación deriva de la gran cantidad de aldeas fortificadas (castellum) que durante la Alta Edad Media existieron en estas montañas: fortificaciones defensivas emplazadas en altura para dominar el panorama y proteger los accesos. Las torres y castillos llegaron más tarde, aunque apenas quedan construcciones que se remonten al periodo condal, y por lo general figuran en un estado insultantemente miserable. En franca ruina, cuando no en desperdicio, y abandonadas a la intemperie sin respeto cristiano. Unas fueron derribadas por los reyes para impedir luchas banderizas y motines señoriales, y otras tantas las arrasó el XIX, siglo pródigo en destrozos.
Por fortuna, después llegamos nosotros, gentes de probada diligencia y civilización, con el firme propósito de no entorpecer la desaparición de los restos que todavía se mantengan en pie. Sería surrealista si el surrealismo no fuera hoy una representación del costumbrismo más realista. Catalogar el patrimonio es un trabajo acreedor de la máxima estima y consideración. Enhorabuena. Pero se me ocurre a mí señalar la inutilidad de catalogar un bien sin el debido seguimiento posterior. Porque luego se comprueba que aquella torre medieval inventariada a la perfección se desvaneció en el aire años atrás cuando un elemental la desarmó para construirse una caseta de aperos. Entretanto, sirva de consuelo el catálogo. Castillos, iglesias fortificadas y torres en distinto estado de conservación hay unas cuantas; casi todas de los tiempos del reino: en Medina de Pomar, Espinosa, Irús, Lezana de Mena…
Pese a la identidad de nombres, la actual comarca comprende una extensión territorial más amplia que las Siete Merindades Antiguas de Castilla Vieja. Los topónimos acostumbran a perdurar, pero rara vez definen igual realidad geográfica en todo momento. Se preguntaba Ridruejo si las particularidades de Castilla no habrían quedado diluidas por su identificación con España. Es probable, aunque también habría que preguntarse si estas tierras en donde cántabros, celtas, vascones y godos dejaron de serlo para convertirse en castellanos, no vieron las suyas diluidas por la adquisición de nuevos territorios en el sur.