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Don Quijote

Ciudad Real, Toledo y Albacete

Puerto Lápice, octubre de 2012.
Una de las grandes dificultades de la vida consiste en adivinar por qué cada efeméride de El Quijote viene acompañada de su correspondiente trabajo de investigación, siempre definitivo y por fin revelador, que encaja el texto de la novela en la geografía manchega. ¿Podemos trazar sobre un mapa el rumbo de las andanzas de Don Quijote y Sancho Panza? Pues no. Dicho esto, todo lo demás sobraría. No habría por qué añadir que en El Quijote apenas se citan topónimos ni se describen paisajes, ni siquiera recordar que es una novela de ficción y no una guía turística. Pero ya escribió un famoso autor —de cuyo nombre no quiero acordarme— que el alucinado ve gigantes allí donde sólo hay molinos de viento, de modo que también es natural que vea en el texto palabras que no existen en él.

Raro es el artículo sobre El Quijote que no asegure que Cervantes era un experto conocedor de la galaxia manchega, pero ningún documento acredita una estancia suya en la Mancha antigua, ni escribió sobre ella en otro libro que... El Quijote, donde demuestra un conocimiento superficial de su geografía. Cómo no será así que los personajes salen de El Toboso y, camino de Zaragoza, hacen un alto en las lagunas de Ruidera, que están bien lejos y en contradirección. Defienden los recalcitrantes que las inexactitudes, absurdos y vaguedades del texto son premeditados: componen un sutil rompecabezas geográfico ideado por Cervantes para jugar con el lector, que deberá descifrarlo para conocer el itinerario de Don Quijote y el nombre de su aldea de origen. Según dicen, Cervantes pretendía jugar con los lectores de una época en que la mayoría de la población era analfabeta y accedía a la cultura escrita a través de un recitador.

Un juego poco movido, me atrevo a señalar. Salvo, claro, que Cervantes vaticinara la inmensa repercusión que su obra tendría siglos después de su propia muerte. Cosa poco probable, pues Cervantes era tan sabio como falto de clarividencia. De lo contrario, no habría muerto en la miseria ni sufrido una vida llena de calamidades. Ocurre que tendemos a creer que lo que ahora es, siempre lo ha sido. El Quijote tardó más en imprimirse que en lograr el aplauso (el de la plebe, porque el círculo literario fue menos cariñoso y alguno, como Lope de Vega, sintió las pullas que le lanzan en la novela), pero el tiempo corre y todo tras él. Su notoriedad como obra cómica —que así la vieron en su época— fue apagándose hasta quedar como un borrón del pasado, recluida en las estanterías de los ilustrados. Fueron los románticos quienes la rescataron del limbo, la reelaboraron a su (falsa) imagen y semejanza y la elevaron a lectura de culto.

El Quijote es una obra de profundidad filosófica pero superficie satírica. Todos sus elementos están al servicio de la parodia, y con mayor razón uno tan fundamental como el escenario. Habría sido una novela muy distinta de haberla ambientado en Sevilla o Madrid, ciudades rebosantes de actividad que Cervantes conocía bien, como lo habría sido retratar a Don Quijote como un bachiller. No situó a los personajes en el llano manchego porque dominara su geografía. Lo hizo para reforzar la parodia: mientras los héroes de los libros de caballerías eran jóvenes oriundos de tierras exóticas que desfilaban por latitudes remotas o fantásticas, Don Quijote era un vejete que arrancaba de un villorrio anónimo para cabalgar en busca de aventuras por un lugar famoso por no tenerlas: la Mancha, adormecida franja de paso donde nada sucedía. Tierras despobladas que representaban la inacción y que las gentes atravesaban por necesidad con destino a paraderos más animados.

El público comprendía con claridad meridiana que ligar la acción a la Mancha era como anclar a un lobo de mar en un lago: puro humorismo. Es delirante escudriñar el texto y retorcerlo para descubrir —fíjate tú— justo lo que se pretendía encontrar de antemano. El Quijote no relata un viaje auténtico, relata las aventuras de unos personajes que peregrinan sin destino definido por lugares indeterminados. A Cervantes le bastaba con que los episodios fuesen verosímiles en el espacio —no colocar La Coruña en la Mancha ni imaginar playas en Puerto Lápice—, y para conseguirlo sobraba con su conocimiento de la región al paso rápido de cabalgadura. Y precisamente porque sus episodios están creados al margen de la geografía concreta, al margen de ese o aquel pueblo, la comunión de El Quijote con la Mancha es abrumadora. Jamás una obra ha vinculado territorio y literatura del mismo modo.

En ruta hacia Andalucía, los románticos contemplaron la Mancha a través de la ventana de un tren, pasmados por la monotonía de un paisaje que suponían épico. Pero por todas partes vieron a Don Quijote trotando por la estepa o arremetiendo contra un molino. Sin importar el sitio en el que estuvieran, porque aquí cualquier rincón evoca a El Quijote. Al prescindir de paisajes y topónimos, Cervantes conectó los episodios a toda la región: sus molinos son cualquier molino, sus ventas cualquier venta y cualquier pueblo de la Mancha puede ser el de Don Quijote. Aquel lugar del que no quiso acordarse porque daba igual uno que otro.