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Nueva Zelanda

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Christchurch, noviembre de 2005.
Tiene su gracia que nosotros volemos hasta Nueva Zelanda cuando en el reflejo de la felicidad soñada, los neozelandeses se ven bailando al son de una jarra de sangría en Ibiza, Benidorm o cualquier otra localidad playera española. La felicidad soñada: nadie sabe en qué consiste pero todos la esperamos. En la mía se podría detener el tiempo que mueve el reloj, porque ahora ni siquiera puedo detener el coche a tiempo cuando me muevo frente a un policía con radar: «Ever heard about speed limit, sir?». Pues oiga, sí, pero iba yo distraído pensando en mis cosas. Multa por exceso de velocidad. Luego el hombre quiso anularla al comprobar que éramos españoles y además gente de incuestionable respetabilidad. O igual fue por estupor al comprobar que nuestro permiso de conducir es un trozo de cartón rosa.

Nueva Zelanda despierta nuestra curiosidad por estar en la punta opuesta de la Tierra. Son las antípodas, el final del camino. No podemos ir más lejos: si en España perforásemos un túnel que atravesara el globo de arriba abajo, apareceríamos en este grupo de islas desterradas en la soledad del Pacífico Sur. Y se diría que el Pacífico Sur no es mal lugar de destierro, más deseable que las tundras de Siberia o las estepas de un juzgado —tierra hostil de cuyas fronteras pocos regresan intactos—. Pero lo importante no es el destierro, sino la soledad, y Nueva Zelanda se encuentra aislada de todo y cerca de nada. Nos lo explicó Twain en el relato de su vuelta al mundo: la gente piensa que Nueva Zelanda se halla en la vecindad de Australia, pero no es así; Australia es el país más próximo, pero «próximo» no significa «colindante». Tenía razón: hay menos distancia entre las costas de Canarias y Cádiz que entre las de Nueva Zelanda y Australia.

La soledad engendra lo peor y también lo mejor, lo extremadamente feo y lo extraordinariamente bello. En la naturaleza salvaje de estas islas apetece el silencio que alumbra las ideas y fastidia hasta el menor rastro de presencia humana. «¡Largaos, hostias, que no hay sitio para tantos en esta inmensidad!», mascullas indignado al ver una silueta que no sea de arbusto. Todo por disfrutar en apacible soledad del movimiento de los vapores de Waimangu, de los crujidos del glaciar Fox o de los recovecos de Milford Sound. Por contra, muchos de sus pueblos parecen domesticados por el sopor. Tienen algo de soledad triste, una especie de letargo que empuja a querer dejarlos atrás. De hecho, si te despistas acelerando los abandonas al punto de haber entrado, porque semejan ciudades del Lejano Oeste peliculero: vía principal y un par de callejones. En ellos buscas ruido y gente: el aburrimiento es muy sociable, no tolera la soledad.

Echarse a la carretera para ir abriendo un país sin planes prefijados ni ataduras, provoca una gran sensación que ya experimentamos en Chile, Sudáfrica o Argentina. Más que viajar, es ir fisgando en la vida de un país con la libertad de acción y flexibilidad horaria de un nómada. Vas, vienes, cambias de rumbo, lo vuelves a cambiar... Recorrer en coche las dos grandes islas de Nueva Zelanda no goza de la misma fama icónica de un Costa a Costa por los Estados Unidos —que sólo conozco por el cine y la literatura—, pero se respiran idénticos aires de exploración y aventura. No disfrutarás de rutas 66 ni cadillacs semienterrados en los vacíos de un sembrado, aunque sí de tramos memorables (de Nelson a Queenstown, de Wanaka a Dunedin) y un buen número de excentricidades concebidas, no por un grupo de chalados, sino por la fantasía creadora de la naturaleza. Suelen decir que no hay belleza sin sentimiento.

Alarmados ante tanta mujer, digamos, robusta, se nos ocurre preguntar al camarero de un garito por el paradero de esas potentes que surfean las aguas neozelandesas en los documentales de National Geographic y otros de similar índole. «Australia, mates. They left to Australia long ago», responde con aspecto de sentir un dolor insoportable. Vale, un comentario que rebosa maldad; pero sorprenden las exuberantes gorduras que retumban en estos suelos de Dios. Hombres, mujeres, chavalería..., da igual. Hay un exceso de carnes de categoría superior; pesos de báscula industrial que no pasan inadvertidos para la vista menos aguda. Sorprende esta realidad cuando Nueva Zelanda es un país de espacios abiertos que proyecta en tu mente imágenes de gente mochileando por el descampado, remando en canoas o corriendo por la playa al atardecer, no engullendo comida basura con Ronald McDonald.

Nueva Zelanda no defrauda; todo lo contrario, es un gran destino de viaje y bien merece el largo vuelo. Paisajes de naturaleza salvaje, carreteras interminables y una fuerte sensación de libertad. De euforia infantil, incluso. Uno de esos sitios en los que perderse y distraer las preocupaciones que cada cual lleva consigo, son fases que se suceden y encadenan con precisión. Todo aquí parece querer impulsarte hacia delante, animarte a ir más lejos, a seguir camino. «If you are looking for the past, look elsewhere: We have moved on», dice una pintada en los suburbios de Auckland.