Teruel y Castellón
Teruel y Castellón han sido provincias históricamente arrinconadas por los viajeros, como si visitarlas estuviera prohibido. Pocos se acercaron a ellas, y menos aún al Maestrazgo. En su defensa se alega que esta zona carecía de ferrocarril, de diligencias y hasta de caminos carreteros. Cierto, pero también socorrido: menos comodidades tenía el Sáhara y no por ello escasearon quienes lo recorrieran. Lo que no hubo fue interés ni ganas de conocerlo. Y así siguió hasta que, en épocas muy recientes, la crisis económica aplacó la vanidad de quienes consideraban que viajar por el país era una pura bagatela, como diría Larra. Desde entonces, el Maestrat, su nombre valenciano, ha visto crecer el número de visitantes. Algunos sin otro fin que perseguir las huellas de los «influencers», lechuguinos que monetizan vídeos en los que reproducen el mismo esquema que arruinó la literatura de viajes: «Miradme: fui, estuve y luego regresé a casa».
¿Qué queda hoy de las antiguas órdenes militares? A riesgo de resultar insolente, diría que los huesos de su cadáver. ¿Y de la Orden de Montesa? El Maestrazgo. No es mérito menor para una orden que cuenta sus gestas por olvidos. Así escarmienta por haber descollado. Y eso fue, en síntesis, el viejo Maestrat: los territorios bajo el dominio del Maestre de la Orden de Montesa. Exiguos al principio, por ser milicia de nuevo cuño, pero dilatados andando el tiempo. A esta primera época pertenecen las plazas fuertes de mayor raigambre. Algunas de origen hospitalario —Cervera del Maestre— y la mayoría confiscadas a los templarios —Peñíscola, Alcalá de Chivert...—, que fueron pulverizados justo antes por ser un poder dentro del poder. Montesa parece no haber dejado en la memoria más que un vago recuerdo. Aunque alumbró una comarca que, siete siglos después, se mantiene en pie, nadie visita su tumba.
Me pregunto quiénes somos cuando ya no podemos recordar quiénes somos. Cuando el alzhéimer avanza y, lentamente, borra de nuestra memoria los hilos que entretejían toda una vida. Los recuerdos que antes se nos agolpaban ahora se diluyen hasta desaparecer para siempre en la bruma del olvido. La demencia es miserable: nos arrebata la conciencia de lo que somos y de lo que fuimos. Recordamos con nitidez lo sucedido hasta cierta fecha de un pasado lejano; desde ahí, sólo hojas que no podemos leer. La realidad nos confunde y nos humilla: nos muestra un mundo sin semejanza con el que vemos en nuestra mente. Naufragamos en los hechos de una biografía que no reconocemos como propia. Aquellos a quienes quisimos nos son extraños; aquello que con tanto esfuerzo levantamos nos es ajeno. Lo que nos cuentan lo olvidamos pronto: nada deja rastro en nuestra memoria. Ya nada arraiga.
Si en el siglo XIX hubieran oído el sintagma «guerras carlistas», habría cundido el desconcierto. El término es un anacronismo acuñado por la historiografía del siglo XX, propensa a las expresiones creativas. Razones de peso aconsejan remontarse casi dos siglos: fue al calor de las guerras carlistas cuando se definió el otro Maestrazgo. Adoptó el mismo nombre, pero sus tierras no guardan relación alguna con los dominios del Maestrat de Montesa. Ni siquiera Morella, hoy emblema de la comarca histórica, que siempre fue villa de realengo. El germen de ese otro Maestrazgo fue el territorio que controlaron Cabrera y sus carlistas durante la primera de aquellas guerras civiles. Estas sierras de Teruel se cohesionaron bajo su mando, y pueblos de pasado ilustre, como Cantavieja o Castellote, resurgieron del marasmo. Apenas fueron cinco años, pero bastaron para imprimir un nuevo nombre en el mapa.
Con la autoridad que me conceden las impresiones de un viaje meditabundo, me atrevo a sugerir que existe un tercer Maestrazgo. Me refiero al país de las masías: decenas de caserías aisladas en la sierra, dispersas entre escarpes y barrancos. Las masías —a menudo fortificadas— surgen en la extremadura aragonesa a medida que la frontera medieval avanza hacia el sur. Forman parte del acervo del Maestrazgo, pero se van abandonando. Ya tengo escrito que se puede aceptar todo menos la imposibilidad de vivir, y a nadie despierto se le escapa que soportamos una época de voracidad urbanita y desdén por lo rural.