Hervás, octubre de 2015.
Hubo épocas en que el valle del Ambroz y las Tierras de Granadilla venían a ser el pariente pobre de las rutas por la Alta Extremadura, agradecida exhibición de la naturaleza. El Jerte, Monfragüe, las sierras de Gata y Guadalupe, las Hurdes y la Vera: adversarios de nivel con quienes batirse por alojarnos durante la siempre corta temporada de molicie. Debo confesar que recorrí todas aquellas comarcas hace ya unos cuantos años, pero sucede que mi facilidad para extraviar pertenencias —defecto bastante lamentado— mandó a la basura las fotos y las notas. No sé si tomármelo como una señal de que fueron viajes que no valía la pena envidiar. Sin embargo, en este caso no pasa nada ni importa demasiado, porque de la Alta Extremadura uno se marcha sólo para poder volver.
Aunque el tópico anda bien dispuesto para la mortaja, todavía quedan desnortados que insisten en que estas tierras son el mestizaje entre el yermo y el arenal, pura sed. No voy a entrar en aclaraciones sobre esa lógica, pues nadie ignora que los pastores trashumaban sus rebaños a Extremadura para alimentarlos con arena y piedras… Cierto que Unamuno advirtió de que quienes hablaban de la región como si fuese un páramo abrasado por los soles y los hielos, no la habían visto sino al correr del tren. Y añadió que sus sierras escondían valles que superaban en verdor a los del Cantábrico, pero ¿qué sabría él de verdores siendo vizcaíno? En fin, privilegiados hay por el mundo que, sin salir de su pueblo, ya lo tienen todo adivinado. Quizá sus dotes adivinatorias ganarían en sagacidad si trajesen su ilustrado criterio al Ambroz. O a su dehesa de alcornoques, que podría hacer de ellos árboles igual de pensativos.
Al Ambroz conviene acercarse en otoño, cuando el arbolado se colorea de ocres y rojos y la hojarasca cubre el suelo de sus bosques. Se enriquece en la estación. El valle nació para el mundo con el trasiego de la calzada que acortó las distancias entre Mérida y el noroeste peninsular: ese camino romano que el vulgo medieval dio en llamar Vía de la Plata y que es una historia por sí solo. Cáparra, desmadejada en la campiña y sin indicio alguno de población desde el siglo III, y Baños de Montemayor, lugar de termas y perpetua parada para viajeros y trajinantes, fueron sus plazas más importantes en el Ambroz. Pero el valle lo preside ahora Hervás, pueblo vivo y de vecindario compacto que justifica cualquier desplazamiento. A pesar de las cuestas, da gusto deambular por su vieja judería y su entorno en busca de escenas y reliquias. Sosegaría el sufrimiento de quienes van del útero a la tumba sin dejar de llorar.
Los pueblos del Ambroz integraron durante siglos una comunidad encabezada por Granadilla, que por entonces se imaginaría sujeta a un destino más elevado que el de villa muerta y aislada por un pantano. Porque si Hervás es el pueblo vivo, Granadilla es el muerto. O el muerto que no terminó de morir, porque murió y después resucitó, pero no exactamente como pueblo. La construcción del embalse de Gabriel y Galán, almacén del río Alagón, supuso el traslado forzoso de sus habitantes por estar situado el caserío en zona inundable. Eso dijeron, al menos. Sus terrenos más fértiles quedaron anegados, pero hasta hoy nadie lo ha visto sumergido y algo ha llovido desde la década de 1960. Que la Junta de Extremadura lleve años rehabilitándolo para diversos usos también parece contradecirlo, aunque mejor actuamos con cautela: dislates administrativos conozco yo superiores.
Así que, por una vez, pueblo abandonado no equivale a calles desiertas, pues pocos despoblados habrá en el mundo que reciban a tantos visitantes. Y eso que se halla en una península sólo accesible por una pista de tierra infame y señalizada por algún desgraciado que quisiera que te pierdas. Y la verdad, se agradece que lo rescaten del marasmo y le devuelvan al menos una parte de su dignidad. Porque incluso en su actual estado semirruinoso y con su posición falseada por un pantano, es fácil entender que la pretendiese todo aquel que supo respirar sin ayuda: moros y cristianos, reyes y caballeros santiaguistas, caciques y aspirantes a serlo... Menos comprensible es que un pueblo con su pasado y categoría monumental se arrojara a las aguas como si fuese un puto estorbo del que deshacerse a patadas, sin contemplar siquiera el traslado de sus piedras a otra ubicación. Imposible calibrar el despropósito sin ver la villa.
Cuesta trabajo recordar cuántas veces he atravesado esta jurisdicción sin cariño ni demoras, en busca del sur o el norte. Cuando te ciegas con algo no ves más allá de lo que estás buscando y te pierdes el resto. No tienes ojo para los alrededores. El próximo año, pensaba siempre, y sucedía nunca, porque sobran los proyectos y faltan las horas. Y aun siendo cierto que detener el tiempo «no es en mano de nadie» (saludos, amigo Cervantes), no lo es menos que por la calle de Mañana Iré sólo llegas a la plaza de Ningún Lado. De modo que aquí estamos, olvidando lo pasado y disfrutando lo presente.