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Cazorla y Segura

Jaén

Cazorla, octubre de 2013.
Supongo que nadie se ofendería si dijese que las tierras altas de Jaén parecen una franja castellana embutida entre andaluces, manchegos y murcianos. O quizá sí. Corren tiempos susceptibles, y todo lo que no sea exaltación genuflexa se considera hoy un improperio a castigar con la máxima severidad. Das los buenos días y no tarda en aparecer una mente en barbecho exigiendo que matices tus palabras. Tampoco habría de extrañar mi impresión. Siempre se escribió que Castilla y Andalucía se encontraban en el agujerón de Tíscar, en las peñas de Cazorla. Y las junglas de Segura, huérfanas de caminos, alejaban la comarca contigua más que la propia distancia. Sierras custodiadas por pueblos que presumen de esos castillos roqueros, tan seguros de sí mismos que solo por asedio pueden caer.

Cazorla y Segura son sierras de paisajes épicos y solitarios, de orografía brusca, esculpida a machetazos. Apenas unas décadas atrás tenían por loco al forastero que se internaba en ellas sin seguir los pasos de un guía local: se arriesgaba a que un día lo hallaran convertido en momia o esqueleto. Todavía requieren cierta precaución, porque en el interior los pueblos escasean y sus caminos son senderos o pistas donde sólo el viento agita la tierra. La misma travesía en coche desde La Iruela hasta el nacimiento del río Segura, por los desérticos Campos de Hernán Perea, recomienda un todoterreno. Salvo que te aconseje la inconsciencia en vez de la razón, que es mi caso. Pero la inconsciencia también tiene límites, y ni al volante de un tractor oruga recorrería yo esa ruta en invierno. El Concejo de la Mesta cristianizó las sierras para pasto, y los trashumantes, aunque pocos y en declive, mantienen viva su tradición.

El pastor, su rebaño y sus perros han sido siempre figuras omnipresentes del paisaje campestre. A menudo, las únicas. He notado que su presencia disminuye año tras año. No hay nada que las trabas burocráticas no sean capaces de arruinar: cualquier día, el sol, harto de pagar una fiesta a la que no está invitado, también dejará de salir. Si los pastores sedentarios ya escasean, los trashumantes son venerables reliquias. En las montañas de Burgos y León, las gentes de más edad recuerdan bien cuando los rebaños partían hacia el sur y los pueblos quedaban semivacíos. Pensaba que la trashumancia yacía en la paz de su ataúd. Me equivocaba: pervive en unos pocos lugares, y estas dos sierras están entre ellos. Todavía hay ganaderos que conducen sus ovejas por cañadas y cordeles hasta Sierra Morena en un viaje de ida y vuelta. Rastros de viejos siglos, de viejas costumbres.

Con todo, el pasado serrano suena más a tronco y leñador que a lana y pastor. Aquí, donde el litoral es una rareza lejana, se constituyó la provincia marítima de Segura de la Sierra. Marítima, sí. Estos bosques abastecieron de madera a la industria naval durante décadas, viendo desfilar ejércitos de leñadores y otros oficios auxiliares de los que nunca había oído hablar: costilleros, pelaores, ajorraores… Es una de las ventajas que proporcionan los viajes rurales: le sacas al tiempo un considerable rendimiento al mezclar lo agradable con lo útil. Te liberan del ritmo enajenado de la ciudad y te premian con nuevos saberes que esperas recordar cuando regreses al manicomio urbano. Aquella provincia tan singular fue disuelta un siglo después: el hierro desplazó a la madera. Recobró importancia debido al aislamiento que sufrió el país tras la Guerra Civil, aunque ya no para construir barcos, sino traviesas de ferrocarril.

Tan protagonistas como los bosques son los ríos que facilitaron el transporte de los troncos: el Guadalquivir y el Segura, con sus afluentes de cabecera. Ambos nacen —sin grandes alardes— en lo profundo de estas montañas. Impresiona ver al Guadalquivir reducido a un vulgar arroyuelo. Aunque en su arranque nada hace sospechar lo que llegará a ser, enseguida cobra fuerza y, aguas abajo, resuena con autoridad. El Segura nace en una poza azul, ya crecido y con cuerpo de río. Cuentan que en las maderadas siempre fue más difícil de manejar que el Guadalquivir, por su menor caudal y sus saltos rocosos. Impresiona aún más el esfuerzo de organización y trabajo que exigían las maderadas. Cuadrillas de gancheros —llamados aquí «pineros»— guiaban los troncos por las orillas de los ríos, salvando barrancos y estrechuras. La travesía hasta los distintos puntos de apilaje duraba meses.

Leí de alguien —ya ni me acuerdo quién— que como toda España era un monumento, no había que «andarse con absurdos escogimientos para viajarla», pues cualquier comarca entregaba más de lo que se esperaba encontrar. La frase me hizo gracia por su arcaísmo vehemente, pero no iba desencaminada. Tanto Cazorla como Segura han resultado un hallazgo inesperado. No por improvisación, quede claro; soy persona de orden y preparo mis viajes como es debido. Algunos pasan tan deprisa por los pueblos que la velocidad les peina un tupé. No es mi caso.