Villoslada de Cameros, mayo de 2023.
Toda biografía atraviesa periodos sometidos a una secuencia interminable de deberes. Se suceden uno tras otro, estrechando cada vez más el círculo de las verdaderas necesidades. Pero fiel a mi viejo propósito de impedir que los inconvenientes interfieran en el disfrute de la vida holgazana, expropio unos días a las obligaciones para recorrer uno de los rincones más evocadores a mi alcance: la Tierra de Cameros. Antiguo feudo de trashumantes, a mediados del siglo XVIII alcanzó, quizá, la mayor renta per cápita de Europa gracias a la exportación masiva de lanas. Sorprendente para una comarca cuya existencia, fuera de La Rioja, sólo conocen hoy media docena de incontrolados. Tales son las solemnes prescripciones del tiempo. Y de intereses más o menos confesables, como se verá.
Muchos se han propuesto desentrañar —diría que con poco éxito— la etimología que se esconde detrás del topónimo Cameros, voz de origen incierto. En consecuencia, también son muchas las conjeturas: he encontrado cerca de una decena. Las incógnitas que se remontan a las épocas pretéritas no son fáciles de despejar. Además, y sin querer yo desconcertar a nadie, conviene entender que los antiguos lo son sólo para nosotros: ellos se sabían contemporáneos de su tiempo y dudo que les preocupara dejar aclaradas ciertas cosas por si acaso alguien se hacía preguntas milenios después. Con todo, hay una hipótesis reciente que me resulta bastante convincente: del indoeuropeo kamb-ero, que vendría a significar Montes o Sierra de Ero. ¿Y cuál sería el pico Ero? Según el autor de la hipótesis, el macizo del Serradero, la barrera montañosa que separa las sierras cameranas del valle del Ebro.
Doy por supuesto que el plural proviene de que hay dos Cameros: el Viejo y el Nuevo, aunque aquí «nuevo» sólo indica que uno es algo menos antiguo que el otro. El esplendor de la Tierra de Cameros se basó en un binomio perfecto: la oveja merina y la industria textil. Y en el carácter industrioso de sus habitantes, claro, porque nada sucede sin alguien que lo provoque. Cuesta creerlo, pero esta pequeña comarca serrana fue uno de los principales bastiones del Concejo de la Mesta, llegando a reunir unas 400.000 ovejas en su territorio. Como las cifras carecen de significado si se presentan de forma aislada, baste añadir que representaba cerca del 10% de toda la cabaña trashumante de la Mesta y superaba con holgura el censo ovino de regiones enteras como Galicia o Asturias. Sobra decir que, en aquellos años felices, estos pueblos contaban en su vecindario muchas más ovejas que habitantes.
Pero en la Tierra de Cameros no se limitaron a criar ovejas y vender su lana. A diferencia de otras zonas rurales, decidieron quedarse con una parte de ese «oro blanco» y transformarlo. Pronto surgieron batanes, lavaderos y fábricas de paños, alumbrando una burguesía rural que controlaba todo el proceso productivo. Y lo hicieron en una sierra aislada y repartida en pequeños pueblos, lejos del control de los gremios urbanos y las grandes villas. Construyeron puentes de piedra, casonas solariegas y estas iglesias descomunales cuya proporción contrasta con el tamaño del municipio. También contrastaba la molicie cortesana de los terratenientes con la áspera vida de los jornaleros del textil y los pastores trashumantes, pero aquí había empleo cuando en otros lugares apenas se subsistía. Sólo España criaba merinas, y la exportación de ejemplares vivos estaba castigada con la pena de muerte. Entonces, ¿qué pasó?
Pasó que llegaron los Borbones, dirían los malpensados. Fue el propio rey Carlos III quien rompió la prohibición al enviar un lote de merinas a Sajonia en 1765 como regalo dinástico, a pesar de las advertencias del peligro. Lo repetiría dos veces más (a Hungría y Francia) antes de la gran remesa de ejemplares al rey francés en 1786, bajo el pretexto de formar parte de un experimento científico. ¿Resultado? Entregó el «oro blanco» a sus clientes y éstos mutarían rápidamente en competidores. Sin monopolio, la oferta se multiplicó y los precios se hundieron. No todo lo que nos arruina lo pone el tiempo. Detrás de aquella decisión hubo algo más que deferencia dinástica. Por encima de cualquier otra consideración, la infundada creencia de que la raza merina no prosperaría sin el clima castellano. Pero también el afán de debilitar a la Mesta —que quedó herida de muerte—, despreciada por los ilustrados no tanto por arcaica como por ser un contrapoder.
El siglo XIX —especialmente las rapiñas de la Guerra de la Independencia— fue tan nefasto para la Tierra de Cameros como para el resto del país. El éxodo rural que comenzó en la década de 1950 puso la puntilla, pero estoy de asueto y no quiero calentarme. La comarca es hoy un «desierto demográfico» empeñado en sobrevivir a través del turismo. Al menos, el Camero Nuevo, bien comunicado ahora por la carretera que impulsó Sagasta, hijo ilustre de la sierra. Por contra, la despoblación del Camero Viejo, más retirado y con varios pueblos en ruina, me lleva a pensar que cargó con aquella pena de muerte que nadie sufrió.