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Cinco Villas

Zaragoza

Sos del Rey Católico, enero de 2007.
«La zona situada al noroeste de Zaragoza es llamada De las Cincovillas, y estas "cinco" ciudades son Tauste, Ejea, Sadava, Castillo y Sos... y son muy poco interesantes». Varias Navidades atrás andaba yo leyendo, a ratos, el famoso y siempre tan aplaudido Manual para viajeros por España y lectores en casa, y la frase me frenó en seco. ¿Poco interesantes las Cinco Villas? ¿En serio? No era el primer comentario que me llevaba a sospechar en Ford una tendencia al vino de garrafón, ni tampoco la primera vez que descubría en el texto afirmaciones difíciles de sostener sin sonrojarse. Tan es así que, para entonces, incluso empezaba a tener serias dudas de que los aplaudidores del Manual lo hubiesen leído siquiera. La obra tiene tantas virtudes bien alabadas como defectos mejor silenciados.

No pretendo ensañarme con Ford. Su Manual revela una interesante fotografía de la España de aquel tiempo. Sobreexpuesta por su ansia de exotismo y desenfocada por su insufrible condescendencia, aunque interesante de cualquier manera. Lo irritante de Ford es que pontifique sin saber. El mal del turista: la falsa autoridad. Imagino que es el inconveniente de elaborar una guía de viaje desde la atalaya de la vanidad: el deseo de informar se rinde ante el prurito sabiondo. Causa estupor que una comarca de pueblos medievales pudiera carecer de interés para el turista decimonónico, que corría siempre en demanda de piedras y ruinas. Cierto que hasta sus postrimerías el XIX fue un siglo de estropicio y trabuco naranjero, y por entonces quizá esta zona no despuntase sobre las demás. Con todo, parecería que villas tan monumentales como Sos del Rey Católico y Uncastillo habrían de interesar incluso al viajero más obtuso.

Pues, oye, Ford no les encontró atractivo. Y eso que, a juzgar por el contenido del Manual, nadie podría dudar de que examinase la comarca al detalle y con lupa de aumento. Visitó infinidad de lugares, tantos como uno sólo: Ejea de los Caballeros. He ahí su envidiable bagaje de experiencias. Y si pasó por Tauste —que, a fin de cuentas, queda de camino a Ejea— ni una sola palabra dejó escrita al respecto, como tampoco la dejó sobre la mayoría de los sitios en los que estuvo durante sus excursiones por el país. De esas sabidurías procede aquella opinión tan infundada. «Ojos que no ven, pluma que debe estarse quieta», escribió Maeztu, porque hasta para desdeñar hay primero que conocer. En realidad, las Cinco Villas, comarca que vivió largos años desterrada en los cajones de la intendencia burocrática y menospreciada por las agencias de viajes, son uno de los rincones más atractivos de Aragón.

Cuentan que fue Alfonso el Batallador quien dio nombre a las villas principales de un territorio fronterizo entre cruces y medias lunas, y que de Fernando el Católico tomó apellido su pueblo natal. Lugares ya descubiertos por el turismo y otros que esperan a quien corra la voz. He visitado la comarca tres veces, y su mejoría es apreciable a simple vista. Biel y Luesia siguen sin acceso al corredor de Navarra y esto los convierte en municipios apartados en donde una cara nueva se observa con la misma compasión que inspira un infeliz. Pero todo parece revitalizado: más comercios, más alojamientos... y más turistas. Aunque el grueso no se anima a avanzar más allá de Sos, temeroso de extraviarse o cauto ante el riesgo de toparse con las orillas de la tierra y caer por el precipicio del mundo. Como Ford, que tampoco se metió por aquí en excesivas averiguaciones. Cruzó rápido y de puntillas y reanudó la marcha para llevar su astucia a otra parte.

Ejea y Tauste, villas que miran al Ebro desde la planicie, se amoldaron mejor a la modernidad que trajo consigo el galope del tiempo y crecieron más populosas, aunque también algo despersonalizadas al perder su cerco y su entramado medieval. De Sádaba, tierra de nadie en el centro geográfico de la comarca, dicen que se encerró entre murallas allá por los instantes felices de Adán y Eva. Poco resta de ellas, pero sobrevive su fortaleza de siete torres. El norte guarda las dos villas que más conservan su esencia. Sos es uno de esos pueblos que le afeitan la fealdad a la vida diaria. Callejear por sus vías empedradas, entre arcos y palacios, te arranca del planeta real para transportarte al ilusorio: te hace creer que, con sólo doblar una esquina, darás con figuras de capa y chambergo. En el extremo opuesto se encuentra Uncastillo, formidable desde la distancia, villa enigmática y de belleza triste.

A Sos le amenaza un serio peligro de masificación que deberá zanjar de algún modo mientras pueda, porque ningún equilibrado viaja para verse envuelto en barullo, ni soportar empujones y hasta coces. Y si alguien sale de casa buscando semejantes emociones, entonces ni está equilibrado ni merece lágrimas de pena. El ejemplo de Santillana del Mar, reducida ya por las hordas a tal grado de agobio que rivaliza con el de las rebajas de verano, habría de tenerse muy presente. Uncastillo parece el aliviadero natural para desahogarla de público: pueblos así no abundan.