Las ciegas hormigas
Durante los primeros años de la
posguerra, un carguero inglés que transporta carbón para los Altos
Hornos naufraga frente a La Galea, en Vizcaya,
por culpa del temporal. Buena parte de los habitantes de Algorta
y de los pueblos limítrofes se lanza, en una terrible noche de lluvia,
viento y frío, a recoger para sí el carbón que se halla desperdigado por
las rocas del peligroso acantilado antes de que los carabineros puedan
proteger la carga. Entre ellos está Sabas
Jauregui, un individualista esquivo con la gente de su pueblo,
que va a involucrar a toda su familia en una labor que se presume
peligrosa y cuyo desenlace no será el esperado.
Pese a ser un completo desconocido para la gran mayoría de los lectores, Ramiro Pinilla es uno de los autores españoles más notables de los últimos 50 años y seguramente el mejor narrador vasco desde Pío Baroja. Diversas disputas con la editorial Destino lo mantuvieron alejado del gran público durante más de treinta años, y el desinterés, cuando no desprecio, que siempre han demostrado los patriarcas del nacionalismo vasco por los que no forman parte de su particular tribu ha hecho el resto. La mayoría de sus obras sólo puede encontrarse, con suerte, en las librerías de viejo, pero Tusquets se ha propuesto rescatarlas.
Basado en un suceso real, Las ciegas hormigas no es, creo yo, el mejor relato de Pinilla, pero sí el más efectista, oscuro e intenso. Asfixiante incluso. Una novela épica, pesimista y con una fuerte carga de crítica social que retrata la severidad de la vida rural en la posguerra. La necesidad y la pobreza como motivación para arrojarse de modo insensato a una aventura suicida; el odio y el rencor personal (que en los pueblos nunca desaparecen así pasen lustros) como justificación para ocultar los fracasos propios. Una epopeya que, además, llama la atención tanto por la manera en que presenta a sus personajes como por su estructura narrativa: son los distintos protagonistas los que narran, en forma de monólogo interior y casi en tiempo real, los hechos que se van sucediendo, destacando entre los narradores el hijo pequeño de los Jauregui, Ismael, que es el cronista que cohesiona para el lector lo que relatan los demás implicados.
Cuando, después de un día de trabajo, te eches en tu cama pensando en la dura tarea que te espera al día siguiente (no solamente de trabajo, sino de contención de la mente y de la carne y, sobre todo, de inútil lucha feroz por mantener incólumes tus convicciones ante el fárrago de palabras e ideas que surgen de libros, diarios, radio y estrados, tratando de destruir tu individualidad y empotrarte en la gran bola masiva que en su loco giro acabará absorbiéndote hacia su interior y despojándote de lo único digno), y tus ojos, en la oscuridad, miren hacia el techo, sin ver, te acordarás de él y lo sabrás nadando invulnerable y te sentirás mejor.
En esta novela (premio Nadal y de la Crítica en 1960) se encuentran
muchas de las constantes de la obra de Pinilla: la trama se desenvuelve
en un Getxo rural hoy ya extinto, la acción
se localiza en los primeros cincuenta años del siglo XX, el personaje
principal se caracteriza por un individualismo irrenunciable que lo
empuja a seguir adelante frente a todo, y esa prosa áspera, sin apenas
descripciones y carente florituras y retórica. Son cualidades que
también se advierten en Antonio B. el Rojo,
Huesos, Andanzas de
Txiki Baskardo y la monumental trilogía Verdes
valles, colinas rojas, premio Nacional de Narrativa en 2006.
Más que un escritor, Pinilla (1923) es un contador de historias, alguien que escribe porque tiene una historia que contar. Pareciera algo que debe ser consustancial a la novela, pero basta con comprar al azar dos o tres relatos cualquiera para concluir que muchos escriben sin tener nada que contar.
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Tres visiones de una misma historia
de engaños, traición, pasión, crueldad y soledad. Tres monólogos: una
mujer detalla a una amiga cómo descubrió el adulterio de su esposo; el
hombre que fue su marido relata a un amigo cómo abandonó a su esposa por
otra mujer; una segunda mujer confiesa a su amante que se casó con un
hombre rico para salir de la pobreza. Péter
es un burgués bien posicionado y casado con Maritka.
Un matrimonio tan convencional como inane; sólo los une la existencia de
su hijo. Muerto éste, la pareja ya no tiene sentido, y Péter se adentra
en la absurda búsqueda de la mujer justa, búsqueda que cree terminada al
encontrar a Judit, la criada.
La vida de Marai está marcada por la llegada de los regímenes
totalitarios que asolaron Europa durante el siglo XX. Casado con una
judía, su oposición al nazismo y al regímen títere que se instaló en Hungría
fue constante a través de su labor como articulista en diversos
periódicos, pero sería la intolerancia de los "libertadores" comunistas
la que le abocaría al exilio y aislamiento. Sus libros fueron llevados a
la hoguera por no plegarse al aborregamiento colectivizador y negarse a
ser un escribano a mayor gloria de la dictadura soviética. Una vez lejos
de su país, su conexión con la lengua y el público húngaros se hizo
añicos y tras esta separación sus trabajos no volvieron a alcanzar
excelencias pasadas. Las muertes de su mujer y su hijo adoptivo a
finales de la década de 1980 lo sumieron en una profunda depresión, de
la que salió pegándose un tiro a la edad de 88 años.