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Las ciegas hormigas

Publicado por Blogger el martes 25 mayo 2010

 Durante los primeros años de la posguerra, un carguero inglés que transporta carbón para los Altos Hornos naufraga frente a La Galea, en Vizcaya, por culpa del temporal. Buena parte de los habitantes de Algorta y de los pueblos limítrofes se lanza, en una terrible noche de lluvia, viento y frío, a recoger para sí el carbón que se halla desperdigado por las rocas del peligroso acantilado antes de que los carabineros puedan proteger la carga. Entre ellos está Sabas Jauregui, un individualista esquivo con la gente de su pueblo, que va a involucrar a toda su familia en una labor que se presume peligrosa y cuyo desenlace no será el esperado.

Pese a ser un completo desconocido para la gran mayoría de los lectores, Ramiro Pinilla es uno de los autores españoles más notables de los últimos 50 años y seguramente el mejor narrador vasco desde Pío Baroja. Diversas disputas con la editorial Destino lo mantuvieron alejado del gran público durante más de treinta años, y el desinterés, cuando no desprecio, que siempre han demostrado los patriarcas del nacionalismo vasco por los que no forman parte de su particular tribu ha hecho el resto. La mayoría de sus obras sólo puede encontrarse, con suerte, en las librerías de viejo, pero Tusquets se ha propuesto rescatarlas.

Basado en un suceso real, Las ciegas hormigas no es, creo yo, el mejor relato de Pinilla, pero sí el más efectista, oscuro e intenso. Asfixiante incluso. Una novela épica, pesimista y con una fuerte carga de crítica social que retrata la severidad de la vida rural en la posguerra. La necesidad y la pobreza como motivación para arrojarse de modo insensato a una aventura suicida; el odio y el rencor personal (que en los pueblos nunca desaparecen así pasen lustros) como justificación para ocultar los fracasos propios. Una epopeya que, además, llama la atención tanto por la manera en que presenta a sus personajes como por su estructura narrativa: son los distintos protagonistas los que narran, en forma de monólogo interior y casi en tiempo real, los hechos que se van sucediendo, destacando entre los narradores el hijo pequeño de los Jauregui, Ismael, que es el cronista que cohesiona para el lector lo que relatan los demás implicados.

Cuando, después de un día de trabajo, te eches en tu cama pensando en la dura tarea que te espera al día siguiente (no solamente de trabajo, sino de contención de la mente y de la carne y, sobre todo, de inútil lucha feroz por mantener incólumes tus convicciones ante el fárrago de palabras e ideas que surgen de libros, diarios, radio y estrados, tratando de destruir tu individualidad y empotrarte en la gran bola masiva que en su loco giro acabará absorbiéndote hacia su interior y despojándote de lo único digno), y tus ojos, en la oscuridad, miren hacia el techo, sin ver, te acordarás de él y lo sabrás nadando invulnerable y te sentirás mejor.

En esta novela (premio Nadal y de la Crítica en 1960) se encuentran muchas de las constantes de la obra de Pinilla: la trama se desenvuelve en un Getxo rural hoy ya extinto, la acción se localiza en los primeros cincuenta años del siglo XX, el personaje principal se caracteriza por un individualismo irrenunciable que lo empuja a seguir adelante frente a todo, y esa prosa áspera, sin apenas descripciones y carente florituras y retórica. Son cualidades que también se advierten en Antonio B. el Rojo, Huesos, Andanzas de Txiki Baskardo y la monumental trilogía Verdes valles, colinas rojas, premio Nacional de Narrativa en 2006.

Más que un escritor, Pinilla (1923) es un contador de historias, alguien que escribe porque tiene una historia que contar. Pareciera algo que debe ser consustancial a la novela, pero basta con comprar al azar dos o tres relatos cualquiera para concluir que muchos escriben sin tener nada que contar.

Las ciegas hormigas, Ramiro Pinilla --- Edit. Tusquets, 328 pags., 19 €.

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La mujer justa

Publicado por Blogger el jueves 20 mayo 2010

 Tres visiones de una misma historia de engaños, traición, pasión, crueldad y soledad. Tres monólogos: una mujer detalla a una amiga cómo descubrió el adulterio de su esposo; el hombre que fue su marido relata a un amigo cómo abandonó a su esposa por otra mujer; una segunda mujer confiesa a su amante que se casó con un hombre rico para salir de la pobreza. Péter es un burgués bien posicionado y casado con Maritka. Un matrimonio tan convencional como inane; sólo los une la existencia de su hijo. Muerto éste, la pareja ya no tiene sentido, y Péter se adentra en la absurda búsqueda de la mujer justa, búsqueda que cree terminada al encontrar a Judit, la criada.

Ignoro si existe algún autor que haya sido capaz de reflejar con mayor conocimiento las emociones humanas y a la vez describirlas de forma más precisa que Sándor Márai, pero se antoja poco probable. Injustamente olvidado durante décadas y redescubierto hace breves fechas, el escritor húngaro vuelve a estar en el lugar que merece: la cúspide la literatura. El mismo lugar que ocupaba a principios de los años 40, cuando su fama era inmensa y cada una de sus obras un éxito de ventas.

La mujer justa (justa en el sentido de adecuada, no de imparcial) se compone de tres partes. Tres monólogos que en la edición original de 1941 eran sólo dos (los correspondientes a Maritka y Péter) y que me parecen de mayor nivel que el tercero, añadido en 1949 por un Márai ya en el exilio. Las pasiones, decepciones y angustias de un triángulo amoroso vistas desde los tres puntos de vista, todos ellos diferentes porque distintas son las personalidades de los tres personajes. Aclaro que la novela no es uno de esos melodramas infumables de baratillo que atestan los escaparates de las librerias, sino un inmejorable tratado sobre la condición moral de las personas; sus verdades y miserias, sus falsedades y secretos, sus reflexiones e incoherencias. Todo ello narrado de manera precisa y aguda, sin concesiones a la moralina bienpensante y con su habitual prosa elegante.

Hasta cierto momento en nuestra vida, la soledad nos parece un castigo, nos sentimos como el niño al que dejan solo en un cuarto oscuro mientras los adultos conversan y se divierten en la habitación de al lado. Pero un día nosotros también nos hacemos adultos y descubrimos que, en la vida, la soledad, la verdadera, la elegida conscientemente, no es un castigo, ni siquiera es una forma enfermiza y resentida de aislamiento, sino el único estado digno del ser humano. Y entonces ya no es tan difícil soportarla. Es como vivir en un gran espacio donde siempre respiras aire limpio.

La vida de Marai está marcada por la llegada de los regímenes totalitarios que asolaron Europa durante el siglo XX. Casado con una judía, su oposición al nazismo y al regímen títere que se instaló en Hungría fue constante a través de su labor como articulista en diversos periódicos, pero sería la intolerancia de los "libertadores" comunistas la que le abocaría al exilio y aislamiento. Sus libros fueron llevados a la hoguera por no plegarse al aborregamiento colectivizador y negarse a ser un escribano a mayor gloria de la dictadura soviética. Una vez lejos de su país, su conexión con la lengua y el público húngaros se hizo añicos y tras esta separación sus trabajos no volvieron a alcanzar excelencias pasadas. Las muertes de su mujer y su hijo adoptivo a finales de la década de 1980 lo sumieron en una profunda depresión, de la que salió pegándose un tiro a la edad de 88 años.

Marai (1900-1989) es autor de numerosos artículos, poemas e incluso relatos de viajes, pero su fama descansa en sus novelas, entre las que también destacan El último encuentro, La amante de Bolzano y La herencia de Eszter, y en sus dos libros de memorias, Confesiones de un burgués y ¡Tierra, tierra!

La mujer justa, Sándor Márai --- Edit. Quinteto, 256 pags., 9,50 €.

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