El Aleph
Tras la muerte de su amiga Beatriz
Viterbo, Jorge Luis Borges había
tomado por costumbre visitar su casa el día en que ella cumpliría los
años. Siempre lo recibe el primo hermano de Beatriz, Carlos
Argentino Daneri, un advenedizo de interminables discursos que,
contra toda evidencia, cree ser un gran poeta. Un día, Danieri telefonea
a Borges para avisarle de que los dueños de la casa pretenden demolerla;
algo que no puede consentir, porque —dice— en el sótano hay un Aleph,
uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.
Los
diecisiete cuentos de El Aleph han
producido incontables estudios interpretativos desde de su publicación
hace sesenta años; estudios que han desembocado en un número igual de
hipótesis sobre sus respectivos significados, muchas de ellas tan
alambicadas, tan alejadas del texto y tan delirantes, que divertían
incluso al propio autor. Convertido en lectura de culto, el último
cuento, que es el que da título a la colección, se lleva la palma:
existen no ya libros sino volúmenes enteros dedicados a descifrarlo.
Aleph es la primera letra del alfabeto hebreo, símbolo, según la
tradición judía, de la unidad e individualidad, por lo que en sí misma
contiene el alfabeto completo. Borges utiliza ese término de fuerte
carga mística para denominar al "lugar donde están sin confundirse todos
los lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos". Una pequeña
esfera que contiene toda la historia del universo y a través de la cual
se esperaría poder ver y saber absolutamente todo. Sobre esa base,
escribe un relato fantástico repleto de matices psicológicos y alusiones
más o menos veladas a obras antiguas, en el que un ficticio Jorge Luis
Borges es el protagonista.
Está en el sótano del comedor —explicó, aligerada su dicción por la angustia—. Es mío, es mío; yo lo descubrí en la niñez, antes de la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph.
Más allá de los cultismos y laberintos que caracterizan sus obras y de
las interpretaciones a las que se pueda prestar el El
Aleph y otros cuentos que también forman parte del libro, como El
inmortal, Emma Zunz o El
Zahir, Borges fue sobre todo un gran creador de mundos
fantásticos, en los que entrelaza mitos de distintas épocas y culturas,
y un narrador genial. Ambos aspectos suelen quedar difuminados detrás de
tanto análisis y tanta conjetura sobre el significado de sus relatos.
Frente a la recua de escritores y editores que parece suponer que nada es digno de ser publicado si no tiene el grosor de un ladrillo y sirve de contrapeso a un rinoceronte, Borges (1899-1986) compone universos complejos y fascinantes en apenas una docena de páginas.
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