Hambre
Un joven anónimo rememora los días en
que vagaba por las calles de la ciudad de Cristianía
(Oslo) luchando por conseguir trabajo,
pagar la renta del cuchitril en donde vive y procurarse comida, mientras
soñaba con convertirse en un escritor reconocido. Solitario, vestido con
un traje desgastado por el uso, con su salud deteriorada por el hambre y
el frío y sin posibilidades reales de mejorar económicamente, trata no
obstante de conectar con el mundo que lo rodea y conservar (a menudo
cómicamente) su dignidad e integridad.
Knut
Hamsun, quizá el escritor que más influyó en los grandes de la
literatura inmediatamente posterior (Hermann Hesse,
Thomas Mann, Frank
Kafka o Stefan Zweig) y premio Nobel
en 1920, sigue siendo en cierta forma un apestado al que muchos nunca
han oído nombrar siquiera. Su apoyo —al final de su larga vida, conviene
precisar— a la invasión nazi de Europa y sus simpatías por sujetos tan
poco recomendables como Adolf Hitler y Joseph
Goebbels ocultaron durante décadas sus obras en el mayor de los
olvidos y su evidente talento literario en el limbo de los malditos.
Hambre, que tiene mucho de autobiográfica, es una de las novelas que inician la literatura moderna y dejan atrás los relatos de tramas estereotipadas y personajes vacios. Es también una de las primeras muestras de narración en forma de monológo interior, en la que es el propio personaje quien va relatando sus experiencias y los sentimientos que le provocan. Lo importante no es la trama, sino los pensamientos del personaje; un pobre aspirante a escritor, de personalidad compleja e inestable, que a duras penas sobrevive en un mundo en el que no encaja y que le trata con indiferencia. Es el perdedor orgulloso con el que muchos años después se identificarán los jóvenes que adoptaron a Hamsun como escritor de cabecera. Ese hombre sin nombre que no comprende la razón de sus penurias cuando a sus ojos las demás personas rebosan de alegría.
Para consolarme y exculparme me puse a inventar todos los defectos posibles en esa gente alegre que se deslizaba a mi lado; me encogí airado de hombros y los miraba con desdén conforme iban pasando, pareja por pareja. ¡Esos estudiantes parsimoniosos, aficionados a los caramelos, que se creían libertinos a lo europeo simplemente por rozar el seno de alguna modistilla! ¡Esos señoritos, banqueros, mayoristas, leones de bulevar que ni siquiera rehusaban a las mujeres de los marineros, esas gordas polillas del mercado, que se dejaban tumbar en el primer portal a cambio de una jarra de cerveza. ¡Qué sirenas! El lugar a su lado estaba aún caliente del bombero o del mozo de cuadras de la noche anterior; el trono estaba siempre vacante, abierto de par en par, ¡suba usted!
Hamsun (1859-1951) acabó condenado por traición y denostado por su apoyo
al totalitarismo. Al totalitarismo derrotado, se entiende, pues fueron
legión los escritores que se sintieron fascinados y respaldaron el
comunismo soviético del no más recomendable Iosif
Stalin, sin que sus prestigios sufrieran merma alguna. Con todo,
el impacto que causaron novelas como Hambre, Pan,
Victoria y Los frutos
de la tierra fue tal, que Vyacheslav Molotov
(que no era precisamente un moderado) prohibió que Hamsun fuese
sentenciado a muerte.
Lo que nadie discute es que su obra es literatura de primer orden, y cualquiera que se acerca a ella lo comprueba con facilidad. Paul Auster y Charles Bukowski se cuentan entre sus admiradores, y, por lo demás, de Hamsun dejó escrito Mann que "Nunca nadie ha merecido tanto el premio Nobel".
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